Todos los días alguien me hace la misma pregunta:
“Alex, ¿qué es realmente el branding?”
Mi respuesta ha ido cambiando con los años, pero en mis dos últimos años de estudio sobre el branding he llegado a mi propio concepto, el branding es amor puesto en acción. Amor entendido como cuidado, coherencia y responsabilidad. Es la forma en la que una marca decide cómo quiere estar en la vida de las personas y qué huella quiere dejar.
El branding es el alma de un proyecto, de una empresa y también de una persona. Es la promesa que haces al mundo y la disciplina diaria para cumplirla en cada punto de contacto. Cuando esa promesa se sostiene, nace la confianza. Y la confianza es el activo más valioso en esta era.
Los datos lo confirman. Según Edelman Trust Barometer, el 81 % de las personas necesita confiar en una marca para comprarle. Kantar añade que las marcas con propósito claro crecen hasta un 2,5 veces más rápido que sus competidores. En un entorno dominado por la inteligencia artificial, esta diferencia se amplifica.
La IA acelera la ejecución, optimiza procesos y multiplica impactos. El contexto, la emoción y el sentido siguen siendo humanos. Ahí es donde el branding se vuelve decisivo. Es el sistema que ordena la identidad, guía las decisiones y protege a la marca de la irrelevancia.
Marcas como Patagonia, Apple o LEGO lo entienden bien. Cuidan cada detalle, desde el producto hasta la experiencia, y sostienen una narrativa coherente durante años. Ese cuidado se percibe. Ese cuidado se recuerda.
Para mí, el branding es amor porque exige mirarte con honestidad, definir quién eres y actuar en consecuencia. Es intención con criterio. Es construir algo que merezca ser elegido una y otra vez.
Invertir en branding significa invertir en futuro. Cuando una marca tiene alma, encuentra dirección. Y cuando hay dirección, las personas acompañan.¿Cómo lo ves tú?
Te leo.
