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Cuando el cerebro baila, la marca conecta

Siempre he sentido una conexión profunda con la música. Durante años, bailar salsa fue mi refugio, un lugar donde el tiempo se suspendía y la mente se liberaba. Hace poco retomé ese hábito y, mientras dejaba que el cuerpo se moviera casi sin pensar, apareció una pregunta: ¿qué efecto tiene bailar en el cerebro?

Descubrí que, en ese instante de movimiento, se activan zonas encargadas de la creatividad, la memoria y la regulación emocional. El cerebro se reorganiza, se oxigena, se expande. Entramos en un estado que muchos describen como presencia absoluta “ese momento en el que uno deja de pensar en el ruido externo y logra habitar su propia verdad”.

En esa presencia entendí algo, hay personas que prefieren hablar para evadirla. Hablar mucho puede convertirse en una forma de disociación, una manera de huir de uno mismo. Cuanto más vacío interior, más palabras. Cuanto más miedo a mirar hacia adentro, más necesidad de distraerse hacia afuera.

La pobreza emocional muchas veces más dura que la económica, empuja a llenar silencios con discursos. El silencio, en cambio, invita a escucharse, y escucharse invita a conocerse. Ahí está la diferencia entre hablar por necesidad y expresarse desde la esencia.

Esa esencia es el punto de encuentro entre la humanidad y las marcas. Porque las marcas que trascienden bailan con su verdad, igual que una persona que se abandona a la música.

Bailar me recordó algo que nunca quiero olvidar, el branding es amor porque nace en ese lugar donde coinciden autenticidad, emoción y presencia.